dimarts, 28 de febrer de 2017

AQUELLA DICHOSA MOQUETA

Me asignaron el ala de los camarotes de lujo. El capataz quería que todo estuviera perfecto: las lámparas siempre encendidas, los pomos de las puertas relucientes, los almohadones mullidos y nuestros zapatos bien lustrados. Pero mi calvario era aquella dichosa moqueta del pasillo.
Por más que lo intentaba era imposible dejarla tirante; cuando no se levantaba por una esquina, algún viejo ricachón la arrancaba arrastrando sus burgueses pies. Al capataz le daba algo cada vez que veía un pliegue y amenazaba siempre con tirarme por la borda.
La encolaba cada noche durante la cena, pero por la mañana ya se había vuelto a despegar. Precisamente esta tarde la había remachado con clavos de cabeza fina. Es una pena que con el choque y el jaleo, el Capitán se haya perdido mi trabajo. Estoy seguro de que aquí, en las profundidades, debe ser la moqueta mejor colocada de todo el océano.

Iscariot

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