dimecres, 1 de març de 2017

LA CAMARERA DEL TITANIC

Forcé el robo de su caricia cuando me entregaba la llave que, intencionado, dejé olvidada sobre la mesa del comedor, y ella, al oído, me insinuó la intimidad del camarote. Luego llegó todo lo demás. Albergaba témpanos de hielo en la mirada, y el oleaje atlántico en sus pechos. Aquella noche, el barco parecía navegar la marejada de sus caderas. Era como sobrevivir en el epicentro de un maremoto. Nuestros jadeos mitigaban el extraño alborozo del pasaje. Su cuerpo pautaba la cadencia impuesta por la orquesta, que no dejaba de tocar. Todo estaba siendo una locura. Tuve la sensación de que el camarote giraba trescientos sesenta grados sobre el eje que hilvanaban nuestras almas. Y, cuando ella se asió, posesiva, en torno a mi cuello, asumí que se trataba de una de esas mujeres que, tarde o temprano, acaba por arrastrarte hasta el fondo de un abismo.

Pero de Pasamonte

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