dilluns, 15 de maig de 2017

EL ATAÚD

La señora W gastó muchas libras en conseguir que el capitán del Titanic accediera a embarcar el ataúd de su marido. Sus influencias lograron sitio accesible donde rezarle todas las noches. En voz baja, le recordaba sus numerosas infidelidades. Aquella noche volvía a descender a las bodegas, pero se paró contemplando el cielo. Se percató de un temblor en sus pies que no era habitual. Los marineros encendieron dos linternas se miraron un poco sorprendidos y reanudaron la marcha. Al llegar donde se encontraba el catafalco pisaron, sorprendidos, agua. Extraños ruidos acompañaban las recriminaciones y los insultos de W. De pronto una pared lateral cedió y enormes cataratas de agua inundaron todo. El ataúd salió despedido y W se agarró, desesperada, al crucifijo de bronce. Todo era noche, frío y agua. Flotaban en el mar. En su bote salvavidas dos pasajeros, un muerto y una viuda agradecida.

Lagarto

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