dimecres, 10 de maig de 2017

EL TERCER BARCO

Henrik Naess vio desde el puente del velero el resplandor de unas estrellas bajas. Creyó intuir guiños del cielo en la noche iceberg. Pero aquellos cuerpos celestes eran bengalas blancas, luces infestadas de gritos, fogonazos borrachos de naufragio. Pensó después, que les perseguían por cazar en aguas de latitudes perdidas. El capitán mandó levar el ancla del Samson. Huyeron por una esquina del océano, de puntillas, con el vientre del navío lleno de pieles de focas y el miedo pegado a la quilla. Continuaron su odisea de asesinos de vacas marinas, ignorantes del siniestro del Titán de acero. Encallaron entre hielos, sin radio, sin noticias, sin saber. Hasta que ya fue demasiado tarde. Tan cercanos y tan ajenos. El tiempo lo borró todo. Medio siglo después, en un pueblo remoto de Noruega, un moribundo Henrik dejó una estela de palabras. Susurró, carcomido por el pesar: - Alguno habríamos podido salvar.

Mayday

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Comenta