dilluns, 22 de maig de 2017

JAKOB

Cuando se partió en dos, las luces se apagaron y la noche se llenó de gritos de socorro. Los marineros insistían en que remáramos fuerte para evitar ser absorbidos y yo, paralizada, solo podía pensar en Jakob.

Una vez hundido, el mar se calmó y pudimos regresar para ayudar a los supervivientes. Grité su nombre. Nada. Navegamos durante horas entre cadáveres y por fin lo vi. Aún llevaba la camisa roja que le había regalado esa misma noche. Quise subirlo, pero no me dejaron así que salté. El mar, helado, hostil, maltrató nuestros cuerpos. Lo abracé y con un hilo de voz, le prometí amor eterno al oído.

Siempre te querré, Jakob.

Koke

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